miércoles, mayo 24, 2006

Nuestra pandereta nacional...

Una de las cosas que extraño más de vivir en Santiago, es la vista de las majestuosas y blancas montañas que el Señor le dió a Chile como baluarte. Viví en Las Condes y en La Reina y trabajé en Peñalolén… los mejores escenarios para admirar esa cortina de hierro natural que separa a Chile de sus vecinos: Argentina y Bolivia. Hasta cierto punto creo que esta larga y tortuosa cadena de montañas bautizada autocráticamente como Andes, le otorga un carácter especial a Chile y al chileno. Talvez es porque nos divide y nos aísla, talvez es porque nos brinda un innato sentido de seguridad, o quizás es por el hecho de su magnificencia autodeterminante con el que se levantan orgullosas y sin recelo. Chile, no sería Chile sin la vista de la cordillera.

Cuando vivía en Santiago, cada mañana comenzaba con el atisbo preguntón y curioso del astro rey por detrás de los Andes, como queriendo no perturbar el sueño de una nación adormilada por los efectos de su contraparte: el astro plateado o, quizás porque sobrepasar la altura de nuestra pandereta nacional, requiere de esfuerzo y es un logro no fácilmente alcanzado.
Cada rayo de resplandor filtrado, era un llamado a observar la magnificencia de aquellas murallas rocosas del patio trasero. Como buenas ciudadanas de la naturaleza cambiaban de vestuario de acuerdo a la estación y, aunque prefiero la época estival a cualquier otra, mi vista favorita de los Andes, cuando están en todo su esplendor en mi opinión, comienza siempre al principio del otoño y termina con los últimos vientos antárticos